jueves, 2 de febrero de 2023

Crónica de un maestro universitario que se reinfectó de Covid-19

 Avatares de un segundo contagio en el contexto de la quinta ola en Perú

Ilustración: @celeste.dibuja

¿En qué momento me contagié? Quizá, durante los últimos dos años y medio, esta sea la pregunta más común que se ha planteado ese 8% de personas en el mundo que, según el Centro Johns Hopkins para la Ciencia e Ingeniería de Sistemas, se contagió de Covid-19. Pero planteársela, por segunda vez, me había parecido imposible. Lo recuerdo, mientras hago la cola para descartar mis sospechas en el Policlínico “El Retablo” de Comas, entidad de EsSalud que, a esa hora de la mañana, recibía a decenas de asegurados en el contexto de la quinta ola que, según la sala situacional del Minsa , ha castigado a más de 7 mil personas en el Perú.

Mi primer síntoma fue un extraño dolor en la espalda alta, a la altura de los romboides, zona muscular en la que jamás había sentido malestar alguno. “Qué raro”, pensé, mientras atendía las inquietudes de mis estudiantes universitarios. Es que, en mi contagio del mes de enero, durante la tercera ola y con la escurridiza Omicrom entre nosotros, no lo había padecido. Aquella vez, tan solo debilitado por la fiebre, había gritado los goles de "Orejas" Flores sin saber que estaba contaminado. Mi segundo síntoma, esa tos incontenible que solo pueden reconocer quien ya enfrentó este virus, terminó por alertarme de una posible reinfección. "Dios, ¿será posible?"

Alrededor de veinte personas me anteceden en esta cola. Los típicos reclamos de los asegurados no se hacen esperar. “Yo también soy enfermera y te digo que en El Almenara nadie se demora veinte minutos con un paciente”, “Señores, aquí no hay suficiente personal; deben tener paciencia”. Esta habitual disputa resulta intrascendente cuando se tiene la incertidumbre de haberse contagiado. Una voz pronuncia mi apellido desde adentro. Una vez más, ante aquel sujeto envuelto en n accesorios de bioseguridad. Una vez más, insertado el invasivo hisopo, dicha la frase tranquilizadora y tomada la muestra, me encontré nuevamente en la calle con mis 44 años de edad, mi metro con 83 cm de estatura y mis 74 kilos de peso debilitados. La primera cuadra del jirón Antonio Raimondi se había convertido en una pequeña sala de espera en uno de los distritos que presenta el mayor número de casos en las últimas semanas, de acuerdo con la Alerta Epidemiológica AE 025 -2022, emitida por el Centro Nacional de Epidemiología, Prevención y Control de Enfermedades del Minsa.

El policlínico EsSalud “El Retablo” está ubicado en el distrito de Comas, en Lima Norte, subregión que durante el año 2022 registró más de... casos positivos de Covid-19, según el Minsa.

"A su policlínico", repetía la enfermera. Mi incertidumbre se convirtió en certeza cuando se me entregó el resultado de la prueba antigénica: Reactivo. Había contraído Covid-19, por segunda vez, a pesar de contar con las cuatro dosis de vacunación. Según entidades como el Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud, tan solo Pfizer y Moderna previenen en más del 90% la hospitalización, la enfermedad severa y la muerte. “Claro, pues: con dos Sinopharm encima, qué protección iba a tener”, me permití especular. ¿Pero, en qué momento me infecté? me volví a preguntar, parafraseando a Zavalita y su peruanísima pregunta. ¿Habrá sido aquella vez que un estudiante me habló muy cerca cuando, por hartazgo, me había quitado la mascarilla?


Elva Gonzáles Guevara, enfermera de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Loayza, nos cuenta el impacto de la quinta ola de la Covid-19 en su unidad.

Pena, preocupación y una serie de inquietudes me asaltaron mientras me dirigía al Policlínico Fiori, ubicado en el otrora centro comercial del mismo nombre, en San Martín de Porres. “Estamos a una semana de los finales, de la entrega y publicación de notas, del fin del semestre académico… ¿cómo voy a hacer en el trabajo?”, me preguntaba. “No te preocupes, Daniel; si tienes tu esquema de vacunación completo, debe ser algo leve”, me escribió mi jefe a través de WhatsApp, esa red que, muchas veces, violenta el aquí y ahora de los trabajadores aquí y ahora cuando no se encuentran en horario laboral. Esa levedad sugerida por mi jefe ignoraba la agudeza del dolor de espalda, la persistencia de la tos, la terquedad de la secreción nasal y la oscilación de la fiebre.

La construcción de la Alameda Fiori, ubicada a escasos metros del policlínico, obliga a los asegurados a caminar un poco más para llegar a su destino. Mientras toso, estornudo y me sueno la nariza, percibo el nauseabundo olor a desperdicios y orines que, hace ya buen tiempo, ha asaltado el tramo entre las avenidas Túpac Amaru y Tomás Valle. Zona picante, gobernada por delincuentes y proxenetas, mientras -entre comerciantes informales y jaladores de combis- la gente hace sus compras en el mercado central Fevacel. "Haga su cola, ahí", me dijo el vigilante. Entre personas sentadas y otras de pie, calculo hasta cuarenta asegurados con síntomas similares. "¿Cómo será en diciembre?", me pregunto, cuando el desenfreno por adquirir objetos rija el comportamiento ciudadano.

Dos horas de espera después, la única médica que atiende en el área de Emergencia me recibe con apuro, aunque sin desfachatez. Escuché, sin que lo notaran, que la profesional de la salud no había almorzado. Después de las típicas preguntas respecto a la sintomatología, la médica advierte que soy docente universitario: "¿Usted dicta de manera presencial?". La consulta terminó con la emisión de una receta y la entrega de un certificado de incapacidad temporal para el trabajo que me facultaba a no laborar por cuatro días. Me retiré con malestar, desde luego, y también con el alivio de no sumarme a los casi 380 pacientes hospitalizados que "ampara" EsSalud, a nivel nacional, según el Minsa.

“Fiori”, policlínico de EsSalud ubicado en la jurisdicción de San Martín de Porres, también se encuentra en Lima Norte.

Fue así que me uní al grupo de personas reinfectadas en el Perú. Recientemente, una trabajadora social del Instituto de Salud del Niño, me comentó que en esta entidad la reinfección en el personal médicos de presenta hasta cuatro veces. En el caso de la universidad que me abrió sus puertas, el hecho de que un profesor se vuelva a contaminar, hace tiempo que dejó de ser la cresta para ser parte de la resaca de la Covid-19. Además, los docentes nos hemos habituado a dictar rodeados de estudiantes que, a partir de agosto último, dejaron de usar la mascarilla cuando el Gobierno estableció su uso voluntario en las instituciones educativas del país, a través del Decreto Supremo N° 108-2022-pcm.  ¿No temen al contagio?, les he repreguntado. Un gesto de escepticismo acompaña la respuesta negativa de estos adolescentes que, a veces, me confían que asisten semanalmente a fiestas con naturalidad.

Breve encuesta a docentes universitarios respecto al empleo de la mascarilla durante la pandemia de la Covid-19 en el Perú.

Si bien, pude haber hecho efectivo mi descanso médico, el contexto laboral me condujo a no tomarlo completamente. Existe, en el trabajo, el criterio del compromiso de los colaboradores; colaboradores: palabra funesta que, a veces, justifica atropellos contra los trabajadores. Pues bien, ese compromiso para un docente universitario se traduce en la entrega puntual y correcta de notas, así como la respuesta a todos y cada uno de los correos electrónicos que recibimos de, a veces, cuarenta alumnos agrupados por sección. Ya que me sentía debilitado, pero mínimamente apto para dictar de manera virtual, acordé con mi jefe esta posibilidad. Así, controlando la fiebre y la tos, me conecté con mis estudiantes, durante cinco días, a través de Conference; recibí sus trabajos mediante Canvas; y supervisé sus evaluaciones a través de Turnitin y Proctorio, plataformas adquiridas por la institución para el desarrollo de la educación híbrida que el Minedu reglamentó, en febrero último, mediante la Resolución Ministerial N°015-2022 .

Una universidad, cinco secciones, alrededor de doscientos estudiantes. Si bien, el hecho de que algunas entregas sean grupales, alivia el volumen de evaluación, cada alumno puede ser un caso que obligue a manejar cada una de sus notas con manos de cirujano. No es un secreto que la universidad privada cuente con un área que respalde los eventuales reclamos de sus clientes. Tampoco lo es que, en ocasiones, ese respaldo genere una observación tácita  sobre el comportamiento del docente y su situación contractual en la empresa. Desde el sereno cinismo que me otorgan los trece años de experiencia en estos avatares, resolví satisfactoriamente el ciclo, hasta que me topé con un correo de aquella estudiante que me había hablado muy cerca en un momento en que, por hartazgo, me había quitado la mascarilla. Estimado profesor: Me dirijo a usted para informarle que, desde el miércoles, he presentado un extraño dolor de espalda, fiebre alta y una tos que hasta la fecha no he podido controlar, por lo que no podré asistir a la clase programada para el día de hoy… ¡Fue ahí!, pensé, sin certeza y con tan solo incertidumbre.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Grietas

Una y otra vez intenté cubrir las grietas de mi tesis. Durante meses de maceración, una idea se había convertido en hipótesis y una estructura en índice. La teoría me convenció de haber cimentado un trabajo revolucionario, un trabajo que iba a despertar la conciencia de la comunidad académica, un trabajo que… Mi tesis arañó la máxima calificación y recibió el calificativo de sobresaliente. ¿Y saben qué fue lo peor? Que, en algún momento, lo creí… Hoy leo mi tesis y descubro grietas, ademanes que oscilan entre el furor y el desatino: como el tiro al palo que el hincha lamenta. Lo sabía. Todo el tiempo lo supe. Sin distancia es imposible medir golpes. Sin distancia el boxeador lanza puñetes que no alcanzan su destino. Sin distancia descubrimos nuestra defensa y nos conducimos indefectiblemente hacia la lona.  


miércoles, 16 de marzo de 2016

En torno al quehacer y la palabra

A todos aquellos que no han perdido la curiosidad

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Debo haberlo descubierto en una biblioteca. Era hora de emprender un paso adelante. Si bien mi tesis abordaba un texto literario también lo hacía en torno a un concepto historiográfico. Esta revelación me abría el camino para desarrollar un estudio interdisciplinario.

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Durante un taller de iniciación actoral debí aplicar un ejercicio de habla y escucha con una chica. Había que saber lo más posible de nuestro interlocutor para, después, presentarlo ante los demás. Me llamo X, tengo veintitantos años, vivo en Y, bailo en el taller de Z y estudio Historia en la Universidad Católica. Qué bueno… Estoy seguro de que ella notó mi ligero gesto de concesión. 

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Una historiadora me contó que el distrito de San Martín de Porres tenía un origen delincuencial. No puedo recordar alguna comisión en la que se me haya encargado visitarlo. Pero dudo de que en una o cien comisiones hubiese obtenido esa información. “San Martín de Porres es un distrito de origen delincuencial”. Estoy seguro de que si un tabloide se mandara con ese titular no tendría competencia en los kioscos más hediondos del distrito.

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El compendio de Historia del Perú debe haber sido deshojado; las páginas de la enciclopedia, ensuciadas. Pero los demás libros deben haber permanecido intactos, impecables, muertos… como el que no ha tocado o pecado o vivido: como todo libro cerrado.   

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Más del cuarenta por ciento de los libros que cité para mi tesis son de Historiografía. Sin embargo, mi trabajo era de Literatura…

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Escuché el apellido Kapuściński el año de 1997 o 1998. Kapuściński era un periodista polaco que había salvado el pellejo después de haber sido enviado al paredón durante alguna comisión. Y durante otra. Y durante otra… Existe un halo de reverencia a Ryszard Kapuściński que ha trascendido el tiempo y el espacio. Pero cuando se le ha entrevistado, la cara de Kapuściński ha sido siempre la de un niño sorprendido.

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Ryszard Kapuściński se graduó en Historia en la Universidad de Varsovia.


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Cuántas veces he intentado recordar el nombre de esa chica. Solo recuerdo el tema de su tesis: el gobierno de Velasco. No aparentaba el estereotipo de chica de clase media baja. ¿Qué querría comprender acerca de un régimen que, hasta hoy, algunos apellidos no perdonan? Pero, si bien, su microrelato me había parecido meramente interesante, a ella, en cambio, las palabras Literatura, Rimbaud y San Marcos parecieron haberle despertado una genuina simpatía.

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Hace un año envié a un periódico un artículo que abordaba el caso clínico de un parafílico. Se trataba de un NN así que, para sustentar su veracidad, incluí el nombre de los sanatorios que lo acogieron, fragmentos de las historias clínicas en las que se detallaba el éxito y fracaso de sus tratamientos y entrevistas a los terapeutas que lo atendieron. Me pareció suficientemente documentado; sin embargo el artículo fue rechazado a través de una respuesta sorprendetemente pobre.      

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Toda fuente histórica miente, dicen los historiadores. El hecho de que sean ellos mismos quienes lo confiesen los llena de honestidad. Por eso no temo leerlos. Por eso los leo.

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Después de quince años me reencontré con un amigo que hoy es jefe en una agencia de noticias. Le conté la historia del artículo fallido y no ocultó su interés: “Aquí hay una historia…”. Sin embargo, diariamente se cocina en mi cabeza la posibilidad de trasformar el hecho fáctico en ficción. ¿Quién le abrirá las puertas a esa historia, el Periodismo o la Literatura? ¡Es lo mismo!, diría Gabo. Yo discrepo.

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Una primera carrera cuyo rigor no me satisfizo. Una segunda emprendida para encontrar el rigor. ¿Por qué no estudiar la maestría en la primera o en la segunda? ¡Por qué has elegido estudiar Historia! Ese ha sido el grito de un par de caras desencantadas. Y mi conciencia ha respondido serena y silente: por curiosidad.

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María Rostworowski nunca pudo ejercer la docencia porque su educación autodidacta no podía ser acreditada. No tenía los grados que se requerían para ser contratada como docente en ninguna universidad. A María Rostworowski se le cerraron las puertas para enseñar. Solo una quedo abierta: la de la investigación.

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Hace once años que ejerzo la cátedra universitaria y ocho que no ejerzo el Periodismo. La cátedra me gusta, pero más me gusta el Periodismo; más me gusta la calle que el salón, la revelación de lo oculto que la presentación de lo evidente. Aunque existe un tipo de docente al que lo moviliza la curiosidad: a ese docente se le denomina docente-investigador.

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Le preguntaron a Ryszard Kapuściński por qué aún, siendo viejo, ejercía el oficio. “Yo creo que se debe a la curiosidad. La gente que pierde esta fascinación deja de ser periodista”.

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Casi todas las experiencias periodísticas que he vivido han sido dramáticas. De todos y cada uno de esos medios masivos me fui con una herida. Quizá la más intensa haya sido la de trabajar en un medio de oposición durante un régimen criminal. La de descubrir que éramos objeto de infiltración de miembros del Ejército o de interceptaciones telefónicas. Pero, en general, la indigencia del ambiente periodístico terminaba por arrojarme, sin comisión que cubrir, literalmente a la calle.  

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Cuando me enteré de la muerte de María Rostworowski giré la cabeza y vi en mi librero sus textos cerrados. Lo lamenté, pero no tanto. María Rostworowski había decidido abandonar Europa y hasta divorciarse por una razón muy simple: defender su curiosidad. Por eso la admiro. Por eso la siento cercana, viva.

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¿En qué lugar del planeta se encontrará la chica del taller de iniciación actoral? Seguramente, movida por la curiosidad, debe estar sospechando de la veracidad de sus nuevos hallazgos. Debe, quizá, estar satisfaciendo relativamente su curiosidad. ¿Se imaginan ustedes si la conociéramos toda? ¿Qué carajo haríamos luego?

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Si alguien me hubiese visto llegar a mi primera clase de la maestría por Dios santo... Si alguien lo hubiese hecho, hasta Dios, habría sido herido por mi luz.

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La tecnología nos está rescatando a los periodistas que nos estábamos aproximando de manera prematura al cementerio de elefantes. Pero quizá eso no sea lo más importante. Lo más importante es que esta opción le brinda a los estudiantes evadir el camino denigrante que algunos tuvimos que atravesar para aprender algo de este oficio. Eso, como diría Ernesto Sábato: ¡Nunca más!










sábado, 27 de febrero de 2016

En las postrimerías de un noble oficio

En 1996 la vieja radio Antena Uno feneció para el nacimiento de CPN Radio, muerta también hace pocos años. Por los pasillos de esta nueva emisora concurrían periodistas que había visto por televisión durante la infancia. Toda esa vieja hornada de luchadores que hicieron de este trabajo un noble oficio y no la siniestra profesión que hoy pretende denigrarnos. Al terno antiguo e impecable, llegaba Luis Rey de Castro, aquel del espacio "La torre de papel". Ese pionero de la microcolumna televisiva parecía escribir mientras hablaba. Detrás de una ventana, mi jefa: Zenaida Solís.  Disciplinada, exigente, su presencia solía silenciar a practicantes e intimidar a productores. Cuántas veces necesité salir de esa oficina para respirar. En alguna de esas evasiones me crucé con Gilberto Hume, ese relator de noticias que veía a través de canal 9 mientras estaba en el colegio. ¿Me permitirá el saludo? Antes de responderme, el canoso de anteojos ya me lo había ofrecido. Ese reportero peregrino que retrocedía y avanzaba su cinta magnetofónica se encontró de pronto ante una chica de belleza particular. Hola, solo atiné a decirle; pero no pude escuchar su voz porque me respondió con una sonrisa. O Dios o el demonio me trajo de vuelta ante esa escena. Y como la soledad de practicante intempestivamente envalentona le pregunté: ¿eres practicante? Ella negó con la cabeza sin dejar de sonreír. Esa chica se llamaba Cecilia Valenzuela y ya había destapado la existencia del grupo Colina. Siempre fue sorprendente y extraña esa primera etapa en CPN. Mariella Ballbi llegaba al camisón y pantalón corto. Si yo, hasta ese momento, me imaginaba alto, estaba equivocado. En cambio, Ingrid, su productora, era pequeñita. Una vez me tocó trabajar un sábado y mientras coordinaba algo en el tráfico escuché al teléfono la voz de Alfredo Bryce. ¿Bryce entrevistado por un periodista a nivel nacional? Giré y vi tras la ventana de la cabina a Alfredo Barnechea. Permanecí para escuchar lo que estos intelectuales interactuaron durante unos minutos. Conversaron acerca de la insólita marcha en la que estudiantes de San Marcos y La Católica se tomaran de la mano para manifestarse contra el régimen. Escuché a Barnechea emplear ese recurso elegante e impersonal para sostener una entrevista: "Yo quisiera preguntarle a Alfredo Bryce...". Cuando podía, evadía la impresión de teletipos y subía a la cabina a mirar y escuchar ese programa. En aquella ocasión el conductor se refirió al libro de Malráux: La condición humana... ¿Era posible que se le permitiera a los periodistas abordar asuntos inteligentes? Otra tarde, saliendo de la cabina, me crucé con Pablo de Madalengoitia, educado, viejo, de manos temblorosas, mirada radiante y voz inconfundible. Mientras él se despedía, ingresaba, al compás de su bastón, don César Lévano. "Aquellos fueron los buenos tiempos" refiere el tópico. Durante las comisiones, los reporteros de RPP, esa emisora que no tuvo reparos en ofrecerle una torta y cantarle cumpleaños al gobernante de turno, me comentaban la preocupación que se sentía ante la competencia. Pero la época dorada terminó. Hume debió ceder la dirección de Prensa a personas de un nivel absolutamente inferior. Y Solís debió bregar durante los años obscuros para conservar un poco de calidad en el trabajo. Con el tiempo se fueron todos. Sin embargo, esa experiencia en las postrimerías del periodismo de oro me dejó lecciones y, sobre todo, una fascinación eterna en la retina.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Ladrillos

Decenas de albañiles construyen el nuevo pabellón de esta universidad. Los obreros se suspenden y clavetean sobre las columnas de un edificio que lucirá poderoso e indestructible. Cómo ha crecido esta universidad. Hace poco más de un año se componía de un pabellón, un coordinador que envejecía ante una pantalla y una manga de estudiantes que enarbolaba la minoría de su edad. Hoy debo evaluar el examen final. Recuerdo los resultados del parcial: uno o dos aprobados. Las autoridades coincidieron en que el examen debía evaluarse de nuevo. Me pidieron formular un nuevo examen y lo hice. Pero la coordinadora de carrera lo reformuló una vez más… Mientras observo la vida espontánea de albañiles y estudiantes me convenzo de que el facilismo se apoderará de cada rincón de nuestro entorno. Como la cosa sin nombre que tomó la casa en el viejo cuento argentino. Así me siento aquí: asfixiado, rodeado entre seres insubstanciales, poderosamente insubstanciales. 


martes, 1 de diciembre de 2015

"Tenías siete años..."

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Fue el año de 1997 en el que Roció Contreras, profesora de “Narrativa Hispanoamericana”, invitó a los alumnos a leer sus propios textos. Fue un hecho inédito, jamás un profesor de la universidad nos había incentivado a hacerlo. El alumnado se encontró de repente con una clase que siempre era esperada: pequeño gran milagro de la vida universitaria. Aquel año junto a mis grandes amigos del colegio nos habíamos apasionado con la ironía instalada en la narrativa de Alfredo Bryce. “Bryce es un tipo que se ríe mucho de su soledad”, me dijo una vez la profesora. La Feria del Libro de Lima recientemente lo había invitado a ofrecer una charla para escolares a la que logramos infiltramos. El fetiche literario nos adelantó a la mesa y nos llevamos las colillas del tabaco que había fumado el escritor. Creo que nuestros diecinueve años de desamor dialogaban con el dolor de Manongo Sterne Tovar y de Teresa. Nuestras esperanzas yacieron vivas en cada uno de nuestros fracasos: muchachas cuyas sombras nos partieron el alma al infinito. ¡Cuánto leímos en la clase de Rocío Contreras! Cuánto admirábamos su presencia, el carácter subversivo de su clase, sus veintisiete años y hasta los más anodinos de sus gestos. Aquel tiempo terminó con la lectura de Conversación en la Catedral.

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Julio de 1998 fue un tiempo importante. Radio Libertad me abrió las puertas para aprender un poco de Periodismo. Lo más extraño de esa emisora, era que atendía las denuncias de los ciudadanos. Los reporteros íbamos con nuestro propio pasaje hasta cada rincón de Ate Vitarte, el Callao o San Juan de Lurigancho. Era raro, porque luego llegábamos a la conferencia o a la sede asignada para cubrir información habitual: esas “pepas” por las que muchos salivaban. Una información cuyo contenido comencé a percibir inútil, muerto. Radio Libertad abría sus micrófonos para que la gente grite su opinión contra un gobierno que nos dejó la peor de las herencias: una sociedad concesiva a costa de una estabilidad indigna, humillante. Ahí, en esa emisora, aprendí a redactar. El tiempo en CPN no había servido para nada; a excepción de aquel verano en el que César Tovar me enseñó a perder el miedo. Gracias a Radio Libertad conocí Lima y aprendí a adorarla. Hace pocos días estreché la mano de David, ese cambista del jirón Ocoña que ha encanecido de pie, bajo la misma esquina. Lima se parecía mucho a la de Odría. Y Zavalita empezaba a resultar un personaje entrañable por lo que estaba viviendo: el idealismo político de los veinte años, la ingenua fidelidad a un medio masivo, la utopía de ejercer la investigación en un medio tan castrante como la radio y, fundamentalmente, la revelación de que no estaba recibiendo la educación rigurosa que necesitaba. Cuando me dirigía a la universidad, antes de llegar a la avenida Bolívar, el micro transitaba frente a la Universidad de San Marcos. Entonces me preguntaba: ¿cómo se hará para estar dentro?, ¿estos alumnos son lo que parecen, es decir, universitarios? Porque entre el ser y el parecer se tiende el abismo de la mentira, del fraude, de la estafa, y en ese momento, la universidad en la que estaba estudiando me estaba engañando.  

*
El 2002 aún trabajaba como sereno municipal en San Isidro. Una vez se detuvo un taxi para preguntar al sereno de turno por una dirección. Cuando se bajó la ventanilla apareció el rostro de una chica que trabajaba en el CUT (circuito universitario de televisión). Me reconoció. No me lo hizo saber con palabras, pero sus ojos hablaron clarísimo... Los pantalones de un sereno tienen bolsillos amplios. Ahí cabía de todo: comida, agua, cigarrillos. Pero durante ese verano había adherido las separatas de la academia en la que me había matriculado. Quería estudiar Literatura en San Marcos. En aquel tiempo ya tenía el bachiller de comunicador. Co-mu-ni-ca-dor. Qué palabra de mierda. Apesta a estafa. Quería dejar de ser esa entidad sin alma, ese universitario que justificaba su denominación por poseer carné y no conocimiento. Después de dos fracasos postulé de nuevo; aunque esta vez, sin comentárselo ni a mi sombra. Fue un domingo de tiempo agradable. Las colas revelaban gente grande, alumnos que procuraban el traslado o la nueva carrera. Ese examen tuvo sus complicaciones en la parte matemática. Pero lo sabía: el hallazgo de un área sombreada habría resultado heroico. Más tarde fui a ver los resultados. Caminé por la avenida Universitaria y no encontré los míos. Estos se encontraban cerca a la puerta de la avenida Venezuela. Ahí estaba mi nombre, con una palabra en su costado.

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Marzo de 2002, veintitrés años, Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2008 la experiencia sanmarquina me ofreció la Academia, una amiga y un amor. Pero estudiar Literatura no nos otorgaría lo que habíamos pensado. ¿Leer ficción? No. Nos ofrecía mucho más. Entender los hechos sociales a partir de los textos. Entender los fenómenos colectivos a partir de los contextos. Creo que San Marcos nos ofreció respeto. Sí. Respeto por el pensamiento ajeno. Respeto por la verdad. Respeto por una formación tan rigurosa que pudo habernos conducido a la enfermedad. Mi habitación se convirtió en una biblioteca de fotocopias ¡pero de libros enteros! Conocí la competencia con los compañeros. La aspiración por obtener la mejor nota. La revelación de un profesor erudito cuyo conocimiento oceánico nos hería. Habíamos obtenido un logro: una formación académica verdadera. Habíamos obtenido el ser; no el parecer. Ese rigor se distendía caminando por la ciudad universitaria. Mientras caminaba junto a Cynthia Campos lanzábamos versos tan adoloridos que nos producía risa. “¿Quién no tiene su vestido azul?...”. Creo que yo la hacía reír para superar un poco ese cliché de intelectuales que, finalmente, atrapó nuestra consciencia. Porque hablar, prácticamente, se convirtió en escribir en el aire. Hablábamos como escribíamos. ¡Mierda! ¡Pero qué agudo debe haber sido ese corrector que se instaló en nuestro cerebro para articular palabras! No jodan, muchachos… Acabo de sustentar mi trabajo de licenciatura y mis viejos no entendieron una mierda. Y eso que pretendí bajar al llano la palabra. Pretendí acceder al preciado lugar de las palabras humildes. Les recuerdo que una vez nuestro profesor de Retórica nos sugirió asumir toda teoría con un poco de ironía… Esa misma actitud, creo, deberíamos asumir con la palabra. Estoy seguro de que muchos somos conscientes de eso.


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“El trabajo del tesista contiene una introducción, tres capítulos, conclusiones y anexos. Considero que la investigación posee los argumentos suficientes para ser sustentada en acto público.” Mientras hablaba con mis padres por teléfono vi llegar al profesor Manuel Larrú, presidente del jurado. Jamás lo había visto tan elegante. Ingresé a la Escuela y advertí que los informantes dialogaban observando los ejemplares de mi trabajo. Me sentía tranquilo, aunque había una ansiedad por disertar este trabajo que ha despejado muchas sombras respecto a mi quehacer profesional. No solo como literato (tampoco me gusta esta palabreja), sino también como periodista potencial… porque mientras no ejerza el Periodismo no osaré denominarme periodista; aunque, eso sí, tengo la consciencia limpia y podré decir que jamás ensucié su nombre. Disertar esas ocho páginas que pretendieron sintetizar ciento cuarenta y uno fue un ejercicio nuevo. El jurado y mis padres me escucharon durante veinte minutos. Y ellos mismos, conmigo, vivimos la intensidad de alguna que otra pregunta inquietante; aunque todas respondidas con alguna pertinencia. Creo que los elogios me entusiasmaron y, en algún momento, pensé en obtener la máxima calificación. Sí, inevitable… soy sanmarquino y hemos mamado de esa leche eterna: la de la excelencia. No ocurrió así; me habría gustado obtener 19, no 20. Pero tampoco fue así. Creo que ese 18 fue medio salomónico. No me gustó, no me satisfizo. No estuve de acuerdo con alguna observación del jurado y se los dije. Finalmente, ellos me formaron así: crítico, siempre crítico. Pero como se trata de una primera aproximación a un corpus tan extraño quizá me sirva, porque un estudiante jamás debe dejar de aprender y un maestro siempre, casi siempre, sabe más. Mi madre tomó la palabra y dijo algo que no me esperaba: “Hijo, acabo de recibir las cartas que le escribías a tu abuela… Tenías siete años”. Conozco a mi padre, sé que cuando se toma los párpados es para fraguar una lágrima, para ganarle la partida y disimular su vulnerabilidad. Los miembros del jurado sonrieron, me miraron. Y en ese momento sentí cómo mi alma se corporizaba en dos pupilas humedecidas… Respiré. Hubo un brindis y una frenética toma de fotografías. El profesor Larrú quería grabar el momento, se le notaba... estaba contento. Ese trabajo que había calificado durante el pregrado se había trasformado en algo mejor, había crecido. Creo que con esta experiencia, con la experiencia sanmarquina, hemos crecido. Hemos vivido intensamente una vida más y eso ha sido lo importante. Somos nómadas. Llevamos el espíritu del cambio porque cuando sentimos que llegamos algo nos asfixia: la muerte. La muerte circunda a los hombres a través de la rutina. El único hábito que hemos aprendido en San Marcos es el de la productividad, el del enriquecimiento del espíritu, el de la vida fecunda. Una vida infeliz es una vida infecunda, una vida en la que el hombre se repite sin cuestionamientos, sin búsqueda y, por lo tanto, sin hallazgo, sin luz. Gracias a San Marcos y a la vida por haberme dado tanto.